Los sorprendentes laboratorios de la Universidad del Rosario en el antiguo Polo Club de Bogotá

Por Maria Juanita Becerra
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Marzo
28 - 2022
Crédito de la foto: Simon Bosch Photography
Este edificio es sinónimo de vanguardia y transformación, en una época en la que los sistemas de enseñanza se reinventan para acoger nuevas dinámicas.

Diseñados por los arquitectos Adriana Hernández –fundadora de Quicazán Taller– y Juan Melo –fundador de Obraestudio–, estos laboratorios para la Universidad del Rosario materializan el interés de la institución por construir espacios flexibles, capaces de adaptarse a múltiples actividades y abiertos tanto a estudiantes como a empresas. “Desde un principio nos plantearon la necesidad de crear ambientes donde concurran la academia y el sector empresarial, por lo que uno de los ejes transversales del proyecto es la flexibilidad”, señala Adriana. 

Los arquitectos utilizaron colores neutros en las zonas abiertas y espacios que requieren de más concentración.

El lugar escogido para los laboratorios fue la sede norte del Rosario, antiguo Polo Club de Bogotá, cuya vocación actual es servir como espacio para el emprendimiento, la innovación y la creación. Por eso, no solo se construyeron nuevos edificios –caracterizados por una fisonomía moderna–, sino que se adaptaron las antiguas edificaciones a los lineamientos pedagógicos de las facultades que operan en esta sede. “En rigor, nos encargamos del diseño de la primera y segunda etapa de los laboratorios, tras haber sido seleccionados en un concurso privado dirigido por la universidad”, aclara la arquitecta. 

Esta segunda y última etapa abarca un gran ambiente interior cuya configuración se aparta por completo de las arquitecturas academicistas tradicionales. Articula por medio del núcleo central una serie de espacios destinados a diferentes actividades, y así logra que el trabajo colaborativo y, sobre todo, el aprendizaje transdisciplinario potencie el espíritu del edificio. “Además de conectar las áreas entre sí de manera fluida y continua, el cerramiento de las salas de reuniones y los talleres es transparente, gracias a que utilizamos puertas correderas de vidrio. Así, todas las zonas participan del todo”, agrega Melo. 

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La arquitectura busca integrar a la obra las zonas verdes circundantes.

En cuanto a la paleta cromática, usaron tonos neutros en las zonas abiertas y en aquellas que precisan una mayor concentración, y colores brillantes –como el amarillo y el azul turquesa– en los talleres donde se requiere estimular la creatividad de los estudiantes. “No queríamos ambientes lúgubres. Con estos acentos buscamos crear una atmósfera que facilite el desarrollo de habilidades y que, a su vez, impacte al observador, puesto que el color transforma la precepción de profundidad”, comenta el arquitecto. 

Otro aspecto importante: con el fin de integrar las zonas verdes circundantes de todos los espacios del edificio, este se pliega. Los retranqueos generan patios interiores que permiten una relación continua con el paisaje. “Adriana y yo experimentamos con la geometría bajo la premisa de que, a través de juegos de pliegues y superficies, es posible trazar puentes con el exterior y controlar la incidencia solar”.

Por último, ese esfuerzo por establecer una relación constante con el entorno se alinea con uno de los requisitos del Rosario: conservar los árboles existentes en el terreno. De ahí que los arquitectos hayan optado por romper la caja para concebir una estructura permeable, fluida y versátil, que propone una conexión permanente con la naturaleza y los demás edificios –construidos y por construir. 

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