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“Tener madera” significa tener una habilidad natural con propósito. Es el caso de los carpinteros Diego Álvarez y María Paula Álvarez, una pareja de novios que estudió en el programa de madera de la Escuela de Artes y Oficios de Santo Domingo y en 2006 formó el taller Mangle, nombre inspirado en aquellos árboles de la ciénaga colombiana que son particularmente sinuosos y torcidos.
La principal obsesión en su oficio es probar la técnica del doblado al límite. Sus moldes son complejos y siempre intentan nuevos métodos para crear sillas técnicamente difíciles de realizar. Los moldes surgen de plantillas en madeflex realizadas a mano alzada y pegadas luego en una lámina de tablex. A continuación van pegando y atornillando varias de estas láminas hasta llegar al ancho deseado. Según Diana, “probamos con espesores delgados y llevamos los diseños hasta el punto máximo inventando nuevas formas de doblado”.
Su otra obsesión es la perfección milimétrica desde el molde hasta el acabado final de la silla, en donde cada uno asume un rol: Diego se encarga de lo más minucioso para que todo funcione bien en la producción; Diana se asegura de que los acabados y el lijado sean impecables: “Todo tiene que salir lo más parecido a la perfección”. Para ambos lo más difícil consiste en el prensado y, como el estrés es muy alto, su costumbre es presentarse disculpas antes de empezar por las barbaridades que puedan llegar a decirse.
Sus piezas tienen elementos curvados con un cuidado diseño y ejecución impecable, que de alguna manera recuerdan varias piezas exhibidas en el Museo de Artes Decorativas de Barcelona. Pero su inspiración no está en los libros o en la experiencia de otros hacedores de objetos, sino en dibujar todo el tiempo y en un diálogo constante. “Nos interesa más que todo la sensualidad de la línea y su fluidez e ir descubriendo en nuestros bocetos lo que queremos lograr. Es un proceso íntimo de conciliación constante”.
Diego agrega que “todo nació de concebir la carpintería no como una experiencia rígida de líneas rectas sino como una búsqueda de su expresión fluida”. Su compromiso con el medio ambiente se evidencia en la utilización de teca reforestada, cedro brasilero y en un aprovechamiento total del material. Para Diana, “el goce de nuestro taller perdería el sentido haciendo muchas sillas. No queremos ser grandes productores sino creadores de sillas únicas con excelentes acabados naturales”.
En la actualidad el taller Mangle trabaja con la galería de Enrique Guerrero en Ciudad de México, lo que ha permitido estrechar vínculos con artistas mexicanos. De cada diseño sólo producen doce sillas y cada pieza es firmada y certificada por la galería. Así mismo, han participado en ferias como Art Bassel 2008 y ArtBo en 2008 y 2009.
Cada año buscan sacar nuevas líneas y entre sus aspiraciones está asistir a más ferias para abrir nuevos mercados, exponer en galerías internacionales y, tal vez, llegar a algún museo. Estos dos carpinteros sienten que no haber estudiado diseño los vuelve más sensibles en su trabajo y sin limitantes para crear. Sus clientes son conscientes de que sus sillas requieren cuidado y necesitan afecto para que perduren en el tiempo.
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