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Esta casa, ubicada en un terreno elevado y boscoso desde el que se aprecia una envidiable panorámica de la sabana de Bogotá, reúne varios de los intereses del arquitecto Hernán Sánchez: el aprovechamiento del sol, el desarrollo del cubo y la preocupación por construir espacios que retengan el calor. “Hace unos diez o doce años construí la primera casa con un planteamiento de arquitectura bioclimática. De ese tiempo para acá he perfeccionado no sólo métodos sino también soluciones”, cuenta Sánchez, que ha realizado una serie de espacios habitables con esas características.
Justo cuando hacía uno de ellos, una casa compuesta por dos imponentes cubos negros, una vecina de la construcción se le acercó, le habló de un lote que tenía y le dijo que le gustaría vivir en un cubo similar. Además, para ella era fundamental que fuese un espacio cálido, pues por estar ubicado en la montaña tenía el problema de que podía ser demasiado frío. También quería estar conectada todo el tiempo con el entorno: “Este no sólo es un diseño muy bien logrado y acogedor, sino que nos permite estar en contacto con el paisaje desde todos los lugares de la casa”.
El cubo se adaptaba muy bien a un proyecto de este tipo. Presente en esta casa y en obras como el Museo de la Salmuera de la Catedral de Sal de Zipaquirá, el cubo es para Sánchez una forma eficiente en proyectos de arquitectura bioclimática: “Sus caras planas y limpias permiten una exposición total al sol; además, están libres de cualquier ornamento que genere sombras”.
El punto de partida fue conectarlo con el sol. Dice Sánchez que este elemento puede aprovecharse como lo hicieron los aztecas, quienes situaban sus pirámides de tal forma que los límites de su frente coincidieran con los solsticios de invierno y verano (momentos del año en que alcanza su máxima declinación norte y sur con respecto a la línea ecuatorial, el 21 de diciembre y el 21 de junio) y así estuvieran expuestas a sus rayos todo el año. “El sol es un recurso que está ahí y que podemos utilizar, y aquí lo hacemos de una forma sencilla, elemental: orientando la casa”, explica Sánchez, quien ubicó el cubo según esa lógica: su enorme estructura de paneles de vidrio, que constituye exactamente la mitad de la casa, está pensada para que los extremos de la fachada coincidan con los solsticios y “garantice el impacto directo del sol durante todos los días del año”.
Otro elemento que tuvo en cuenta el arquitecto fue el equilibrio. “Había que lograr un equilibrio perfecto entre la parte transparente que permite la entrada de calor y otra que lo capte y lo conserve en el interior durante todo el día y también en la noche”, explica. Entonces dispuso que la otra mitad del cubo fuera conformada por una masa de bloque y pañete pintada de negro, color que según él le aporta al espacio un carácter escultural y ayuda a absorber el calor, por lo cual la casa es “como un gran calentador que acumula la altas temperaturas del sol sin reflejar su luz”.
Pero con el calor acumulado, hay otro problema: que no se pierda. ¿Cómo se logra? Primero, con un juego de vidrios dobles que genera un campo vacío en el centro, gracias al cual el vidrio del interior sostiene la temperatura sin importar los cambios del exterior. “Cuando está haciendo frío afuera, adentro sigue caliente y se conservan temperaturas de hasta 26 grados centígrados”.
La chimenea cumple también un papel fundamental. Dispuesta en el centro del espacio y expuesta directamente a los rayos solares, se calienta para convertirse en el centro de distribución de calor sin necesidad de encenderse. Explica Sánchez que “las chimeneas normalmente están sobre la fachada, con lo que la mitad de su calor se transmite al exterior y, para fines como el de esta casa, eso es una pérdida”.
Esta construcción es un ejemplo de una arquitectura que forma parte del lugar y del contexto y que convierte al sol en parte de la vida. En palabras de Sánchez, “cada día, cada hora o cada impacto de su luz comunican algo, significan algo y convierten la habitabilidad en toda una experiencia”.
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