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La casa, si así podía llamársele, era un lote lleno de escombros que conservaba apenas las ruinas de su fachada principal. Ubicada en la calle del Tejadillo, una de las más emblemáticas del centro histórico de Cartagena, había sido construida posiblemente a finales del siglo XV, en los tiempos de la Colonia. Por ello, su restauración implicaba un reto.
El equipo de Barrera & Barrera Arquitectura y Restauración afrontó el proyecto como es su costumbre: haciendo una exploración arqueológica y arquitectónica para determinar datos como sus épocas de intervención, sus etapas constructivas, cómo eran su estructura, sus muros y niveles originales y sus trabajos en piedra.
Como resultado de la investigación se estableció que se trataba de una casa accesoria que originalmente era de una planta, a la que después le construyeron un segundo piso y que a mediados de los años noventa fue intervenida una vez más para levantar su cuerpo posterior a tres alturas y hacerle una piscina.
A partir de estos datos, los arquitectos plantearon una adecuación para hotel en la que, por norma, respetarían la fachada que era lo único que quedaba en pie. A ésta se le colocaron dos balcones que, por sus proporciones delgadas, se diferencian de los habituales. El arquitecto Álvaro Barrera asegura: “No se trató de ‘fachadismo’ sino de conservar lo que quedaba y, a partir de ahí, empezar a configurar un espacio que respeta su parte urbana y recrea espacialmente la tipología de la casa cartagenera con un esquema totalmente contemporáneo, requisito fundamental del dueño”.
Esa recreación se diseñó en una casa con dos cuerpos, uno frontal y otro posterior, con una tercera planta y una serie de sutiles intervenciones de las que la más notoria es la unión de los dos bloques a través de dos puentes de acero acabado en óxido y vidrio. Según el arquitecto, ese tipo de decisiones “le dan a la casa un toque contemporáneo que no irrumpe contra la arquitectura que se quiere preservar”.
El programa arquitectónico se diseñó de la siguiente manera: en la primera planta hay una zona social con una sala y un comedor separados por una fusión entre espejo de agua y piscina, que indica uno de los sellos de la arquitectura de Barrera: la presencia del agua en sus espacios. Barrera explica que ello se debe “al contacto que he tenido con la arquitectura islámica, en donde el agua está pensada para generar tranquilidad y paz, y que además se relaciona con la del centro histórico”. Al espejo –piscina, como lo llama Barrera– le cae además una cortina de agua de tres pisos que remata la visual del fondo y se conecta con otra que baña la pared del comedor.
De ahí en adelante los espacios se desarrollan con normalidad: segunda planta con alcobas de huéspedes, una con vista al mar y dos con vista sobre el patio central; una tercera planta con alcoba principal, baño turco, mirador y vista al patio y al mar, y hacia el frente, una terraza con piscina de borde infinito, barbecue y zona de estar sobre un deck de teca.
Para el arquitecto, “la casa se resuelve sobre un esquema sencillo y sin pretensiones, que deja como resultado una arquitectura respetuosa del entorno pero claramente perteneciente al siglo XXI”.
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