Edición No. 204

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PANORAMA NÁUTICO

Tres volúmenes rectangulares unidos por un muro abren espacio para un ambiente de vacaciones.



Texto: Gabriel Hernadez
Fotografía: Fotografía: Antonio Castañeda
Producción: Carlos Cubillos

 

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Cuando las familias crecen con la llegada de nuevas generaciones, reunirse a compartir el tiempo libre puede convertirse en una operación logística de grandes proporciones.

Juan Carlos Rojas, premiado en la Bienal Colombiana de Arquitectura y en la Bienal Panamericana de Quito por las Salas de Exhibición del Banco de la República en Bogotá –con Enrique Triana– y reconocido por la imagen arquitectónica de los cafés Juan Valdez, tuvo la oportunidad de estudiar en detalle la dinámica de estos encuentros humanos y recreativos a través del diseño de una casa en un condominio marino en la costa norte de Colombia. Concreto y certero en sus afirmaciones, el arquitecto define el diseño de esta casa de vacaciones como “un juego de muros, plazas y circulaciones que generan su propio mundo interior”. Llegar a un concepto tan sintético le tomó un año al equipo de diseño del proyecto, coordinado por Carlos Rosero y con la participación de Silvia Niño. Paso a paso, en las sesiones de trabajo con los clientes se afinaron los detalles de un proyecto complejo, entre otras cosas, por las exigencias del programa arquitectónico en un área total de 600 m2. Este se debía adaptar a las posibilidades de un terreno de forma trapezoidal, de 1.500 m2, con frente sobre la calle y sobre uno de los canales que comunican con la ciénaga.

Para quienes llegan por tierra, el acceso a la casa es a través de un pasaje abierto entre un muro y el volumen principal. El primer piso de este lo ocupan el garaje, la zona de servicios, la cocina integrada con el comedor y la sala de doble altura. Aquí, unas persianas plegables de madera dan acceso a la piscina de borde infinito y al muelle de madera, que es el sitio de entrada para quienes llegan por el canal. Una escalera de un tramo sube desde la sala al segundo piso donde se ubica un “apartamento” para los dueños de casa, según lo explica el arquitecto: “Aunque la casa está diseñada para que la ocupen hasta veinte huéspedes cómodamente, la mayoría del tiempo la usan sus propietarios, y para ellos diseñamos este ambiente a una escala más manejable”. Sobre el vacío de la sala se dispuso un estar separado de la alcoba principal, por medio del baño, que remata en una terraza privada.

Cruzando el muro, frente al volumen principal están las áreas de huéspedes con cinco grandes habitaciones distribuidas en un tramo de un piso y otro de dos, que con el muro de la entrada configuran un patio abierto. Sobre el segundo nivel, frente a la piscina y el canal, una terraza con piso de teca comunica la alcoba principal con las de huéspedes.

Pensada para soportar los rigores del clima tropical, la casa se levantó con sólidos muros pintados en color arena, con enchapes de piedra en los pisos y algunos muebles, como las camas y el sofá de la terraza, de mampostería. La sala y el comedor se dotaron con muebles de rattan, resistentes y de fácil mantenimiento.

El clima interior de la casa está determinado por la disposición de los volúmenes, la altura de los espacios y el manejo de las aberturas con persianas de madera y abanicos descolgados del cielo raso. Así se permite el paso de corrientes cruzadas de aire y generosas áreas de sombra que ofrecen una agradable sensación de confort sin aislarse por completo del ambiente que rodea la casa.

Repasando los criterios de diseño, Juan Carlos señala que, no obstante sus valores estéticos, la obra responde a un indudable criterio de sentido práctico: “La casa no es tanto para mirarla como para vivirla y recorrerla”, dice, y espera que con el pasar del tiempo su arquitectura se confunda con la vegetación exuberante de la ciénaga tropical.

 
     
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